El castillo que llama



Villas invernales, bosques perdidos, un castillo llama
Ángeles negros moran en maderas pórticos y tablas podridas,
sus alas de sombras protegen funestos la mansión prohibida.
Si tocas la puerta a crujido de bisagras las brujas 
Dorotea, Helena y Piroska abrirán los ojos para darte la bienvenida.
El castillo Cachtice abre sus piernas, el averno no reprocha, 
la señora infame espera emparedada en húmedos aposentos.
En un castillo abandonado del pueblo viejo hay cercas de hierro viejo
 cubiertas de espinas, jardines con zarzas curvadas 
como uñas inquinas y manchas de sangre en rotos azulejos.
Si por amago viras la cabeza por la calle Transilvania, observarás 
el casco antiguo, donde las calles de piedra convergen en sinuosos 
y estrechos muros, caseríos con tejados de roja arcilla descolorida  
por los siglos, viejas construcciones, en donde se asienta el lúgubre ,
castillo con escasos ventanales protegidos con verjas su postigo  
 se encuentra  en estado ruinoso, de muros fríos, 
su interior ha sido mordido y desnudado por los elementos, 
los balcones de madera parecen estar heridos por la edad, 
entradas góticas vestidas con cortinajes cerrados pálidos como la piel
amarillenta de un hombre en agonía.   cuando te detienes para observar
 su majestuosidad, lentamente se apodera de la nuca un escalofrío 
difícil de explicar, una sensación de vida consciente.
Sus rincones te atrapan en invisibles ojos, como si sus paredes 
estuviesen provistos de animosidad y lograran regirse por una oculta
 voluntad que respira viento y polvo.
Han callado los gatos, seducidos por una voz en el ambiente,
 susurro sensual, apremiante de promesas de sangre, sufrimiento y sexo.
¿Qué es este murmullo de afán eviterno?
Se agarra hialino a las ventanas de las torres más altas, araña el cristal
donde se adivinan espesas formas paridas de calígines, nódulos amorfos,
con sonrisas tan afiladas como colmillos corvos. Entre vórtices negruzcos
 una antigua pintura, plasmado un rostro cadavérico.
Una condesa con vestimentas de un rojo satín y sedas finas.
Joyas, perlas brillando en la noche invernal como muertas estrellas.
Jaulas colgando de cadenas, mazmorras llenas de virginales doncellas,
El castillo me llama, me ata a un embrujo, magia roja
carne desgarrada en damas de hierro y cerrojos.
Mis ojos profundizan en el interior para atestiguar un baile sombras,
Ánimas imaginarias parecen danzar sobre mi pálido semblante,  
inundado de temor;  Un ensayo minúsculo de lo que podría devenir
 postrero. Mis pies parecen estar clavados a este oscuro callejón  
como con estacas, cual presa indefensa y lista ante el juego del 
taxidermista. En momentos así, no se siente el cobijo de ese mito 
que algunos llaman cielo.Todo está ausente sobre mis hombros y la mente
 parece jugarme una mala pasada, hay cosas que habitan en la negrura 
de estos viejos rincones que están más allá de la cordura y del 
entendimiento común.  No sé por qué pero la imagen de un rostro 
femenino se me viene a la cabeza, como oscuras alas y enredadera 
de falanges atrapa mi cerebro, llega como un rechinar fantasmal de
escaleras añejas. Un nombre que parece emergido de un oculto misterio,
un nombre que es como el crujido pisoteado de una calavera...
¡ERZEBETH BATHORY!
Un escalofrío rasga la piel, como esquirlas afiladas.
Hasta a mí llega un aroma que me parece seductor, 
el de cadáveres putrefactos.
El plasma es libado en labios profanos,  
la belleza se marchita en alas vanidosas.
En ojos en blanco vuela la insania, dominatriz de las artes necróticas,
entre osarios y bajo una lluvia de sangre danza como una hada.
Nunca la parca había sido tan bella, tan hermosa
¡HERZEBETH BATHORY!
La muerte retoza en sus cabellos del rojo color de la tragedia.
El caballero negro de Hungría copula en sus senos,
mientras besa su boca ensangrentada de tanto masticar vida,
roe y corroe el amargo carnor de sus labios.
Ella lleva en sus uñas el fuego, de sangre decoradas.
En sus piernas me espera la promesa de dios, el de todo lo obsceno.
¡HERZEBETH BATHORY!
Hoy soy el invitado a su mesa y también la propia cena.
Toco tres veces el postigo... Toc , toc , Toc.
Bienvenido a las catacumbas. El castillo Cachtice abre sus piernas,
El infierno no condena, la señora infame a la espera 
en los húmedos aposentos.



Texto escrito por Javier salinas y Carlos M
Ilustración de la autoría de Carlos M



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